Antes del eucalipto, ¿de qué vivía el monte gallego?
Cuando se habla del eucalipto en Galicia aparece con frecuencia una pregunta aparentemente sencilla.
Antes del eucalipto, ¿qué había?
La respuesta habitual suele dibujar una Galicia cubierta de bosques autóctonos, con grandes masas de robles y castaños que posteriormente habrían sido sustituidas por pinos y eucaliptos.
El problema es que la historia del monte gallego es bastante más complicada.
Y mucho más interesante.
La tesis doctoral de Jesús Adolfo Lage Picos, La construcción social del bosque y la cultura forestal en Galicia, permite entender una realidad que hoy hemos olvidado.
Durante siglos, el monte gallego no fue principalmente una fábrica de madera.
Era una pieza imprescindible de la economía campesina.

El monte gallego era parte de la explotación agrícola
Para comprender el monte anterior a la silvicultura moderna hay que olvidar, por un momento, nuestra actual división entre agricultura, ganadería y actividad forestal.
Para el campesino gallego eran actividades conectadas.
Lage Picos señala dos grandes funciones tradicionales del monte, una agrícola y otra ganadera.
El monte proporcionaba matorral.
Y ese matorral era fundamental.
El toxo y otras especies se aprovechaban dentro del sistema agrario. La Enciclopedia Galega Universal de la Xunta identifica precisamente la producción de estrume, fundamentalmente toxo y helechos, como uno de los tres pilares tradicionales del aprovechamiento del monte. Ese material permitía producir el abono orgánico necesario para mantener el cultivo intensivo de las tierras agrícolas.
El monte alimentaba a la agricultura.
No era un espacio separado de ella.
Toxo, ganado y cereal
El segundo gran uso era el ganado.
Ovejas, cabras, caballos y vacas aprovechaban las superficies de monte porque las tierras cultivadas y los prados no eran suficientes para mantener toda la cabaña ganadera.
El ganado pastaba directamente y el monte proporcionaba también forraje. Lage Picos explica incluso cómo los retoños jóvenes de toxo eran cortados y utilizados para alimentar caballos y ganado vacuno.
Había además otro aprovechamiento que hoy sorprende.
En el monte también se cultivaba cereal.
Las rozas o estivadas utilizaban el fuego sobre el matorral previamente arrancado y seco. Sobre las cenizas se sembraba cereal. Después, la superficie permanecía en descanso durante largos períodos antes de volver a repetir el proceso.
Por tanto, cuando alguien pregunta qué había antes del eucalipto, la respuesta no es simplemente «bosque autóctono».
Había un territorio intensamente utilizado por una sociedad campesina.

La leña era mucho más importante que la madera industrial
El monte proporcionaba también piedra, plantas medicinales, frutos, semillas, caza y otros recursos.
Pero había dos aprovechamientos especialmente importantes.
La leña y la madera.
Lage Picos recuerda que buena parte de la leña de la sociedad agraria tradicional gallega ni siquiera procedía necesariamente de grandes árboles. Se obtenía también del toxo y del brezo adulto, cuya consistencia leñosa permitía utilizarlo como combustible. El brezo se aprovechaba además para producir carbón vegetal.
La madera tenía numerosos usos.
Viviendas.
Embarcaciones.
Calzado.
Herramientas.
Utensilios de trabajo.
Mobiliario doméstico.
Pero esto no significa que existiese una silvicultura productiva generalizada semejante a la actual.
El monte estaba al servicio de la explotación campesina.
Lage Picos lo define como uno de los grandes elementos equilibradores del sistema agrario tradicional.

Galicia no era un inmenso bosque de robles
Aquí aparece uno de los datos más interesantes de la tesis.
Lage Picos recoge estudios realizados a partir del Catastro de Ensenada.
Para 83 municipios de la actual provincia de A Coruña, 62 presentaban menos de un 1 % de superficie forestal arbolada según la reconstrucción histórica citada por el autor. Otros 21 municipios se encontraban entre el 1 y el 5 %. Los estudios sobre Pontevedra citados en la tesis apuntaban a porcentajes igualmente reducidos.
El propio autor explica que la necesidad de tierras de cultivo provocó durante siglos un lento y continuo retroceso del bosque caducifolio, especialmente del roble.
En muchas zonas, el bosque quedó reducido a espacios de difícil acceso.
Esto resulta incómodo para una determinada visión romántica del pasado.
El campesino gallego también transformaba intensamente el territorio.
Lo hacía porque necesitaba sobrevivir.
Entonces cambió la economía rural de Galicia
Durante el siglo XX ese sistema comenzó a romperse.
Los fertilizantes minerales redujeron la necesidad del matorral como base del abono.
La especialización ganadera modificó la alimentación del vacuno.
Aumentó el uso de forrajes y piensos.
La emigración redujo la mano de obra disponible.
Y numerosos aprovechamientos tradicionales del monte fueron desapareciendo.
Lage Picos describe este proceso como una ruptura de la complementariedad entre el monte y la explotación agraria.
El monte tenía que encontrar una nueva función económica.
Y la encontró en la madera.

De soporte de la agricultura a productor de madera
A comienzos de los años cincuenta se intensifica claramente el proceso repoblador.
La Administración impulsa las repoblaciones forestales y la iniciativa privada actúa también sobre superficies particulares.
Lage Picos sitúa precisamente en los años cincuenta el gran cambio de función del monte gallego.
El monte profundiza en su papel como abastecedor de madera para una economía cada vez más industrial.
No ocurrió de un día para otro.
Y tampoco fue exclusivamente una historia del eucalipto.
El pino tuvo un papel fundamental en la construcción del monte forestal moderno.
Pero la dirección del cambio estaba clara.
El monte dejaba de ser una infraestructura de la agricultura y comenzaba a convertirse en un activo forestal.

¿Y el eucalipto?
El eucalipto llevaba décadas presente en Galicia.
Los archivos históricos sitúan su introducción en el siglo XIX y, inicialmente, estuvo vinculado a jardines, propiedades particulares y al interés botánico. Las plantaciones y su cultivo forestal fueron adquiriendo importancia posteriormente.
La gran transformación forestal del siglo XX creó un escenario completamente diferente.
Había demanda de madera.
Había industria.
Había propietarios buscando una nueva utilidad para parcelas que ya no eran necesarias para producir toxo, mantener ganado o realizar estivadas.
Y aparecía una especie de crecimiento extraordinariamente rápido.
Eduardo Rico Boquete explica que las políticas públicas de repoblación privada arrancaron en 1952, aunque sus primeros resultados en Galicia fueron escasos. Posteriormente, con el II Plan de Desarrollo, se reforzó la promoción de especies de ciclo corto, elevada productividad y madera demandada por el mercado. Entre ellas, expresamente, el eucalipto.
Desde la perspectiva de un propietario rural, la diferencia era enorme.
La documentación técnica actual de la Xunta contempla para Eucalyptus globulus modelos de madera para pasta con objetivos alrededor de los 12 años y escenarios económicos con edades de corta de 15 años. Frente a ello, la misma documentación utiliza 35 años para Pinus pinaster y hasta 80 años para Quercus robur en determinados análisis comparativos.
No hace falta imaginar una conspiración.
Basta con entender los incentivos.

El propietario gallego hizo sus cuentas
Esta es quizá la parte de la historia que menos se quiere contar.
El eucalipto no necesitó convencer al propietario mediante complejas teorías forestales.
El propietario observaba.
Plantaba.
Esperaba.
Cortaba.
Y comparaba.
Para una economía rural con poco capital y parcelas pequeñas, el tiempo importa.
Mucho.
Un árbol capaz de transformar una parcela forestal en ingresos dentro de un horizonte temporal relativamente corto representaba algo completamente nuevo. Económicamente es fácil comprender por qué muchos propietarios lo recibieron con enorme entusiasmo. Me permito la licencia de llamarle «árbol milajro» en palabras de mi familia.
Antes del eucalipto el monte no estaba esperando ser salvado
Esta es la gran conclusión.
Antes del eucalipto, el monte gallego ya había sido rozado, quemado, pastoreado, cultivado, repartido, individualizado y transformado durante siglos.
Había producido abono.
Forraje.
Cereal.
Leña.
Carbón.
Madera.
El paisaje gallego era el resultado de una sociedad que utilizaba intensamente el territorio. La propia tesis de Lage Picos insiste en que el bosque y el monte son productos de largos procesos históricos de interacción social y económica.
Cuando aquel sistema agrario desapareció, el monte cambió.
Primero avanzó con fuerza el bosque productivo.
El pino.
Las repoblaciones.
La producción de madera.
Y después el eucalipto encontró en una parte de Galicia unas condiciones climáticas, industriales y económicas extraordinariamente favorables.
No llegó a destruir una economía forestal anterior.
En buena medida, ayudó a construir una nueva.
Y quizá la pregunta correcta no sea qué había antes del eucalipto.
La pregunta es otra.
¿De qué queremos que viva el monte gallego en el futuro?
Fuentes y lecturas recomendadas
La base principal de este artículo es la tesis doctoral de Jesús Adolfo Lage Picos, La construcción social del bosque y la cultura forestal en Galicia, Universidad de Santiago de Compostela, 2001.
También he contrastado la evolución de los usos tradicionales con la entrada «monte» de la Enciclopedia Galega Universal, publicada por la Xunta de Galicia.
Para las ayudas a la repoblación privada y la promoción de especies forestales de ciclo corto he utilizado el trabajo de Eduardo Rico Boquete sobre la reforestación privada en Galicia entre 1952 y 1992.
Para los turnos y modelos silvícolas he utilizado documentación técnica de la Consellería do Medio Rural.
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