Celulosas y prejuicios: medio siglo de resistencia al cambio en Galicia

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La oposición a las fábricas de celulosa en Galicia: medio siglo de mitos y resistencias

En Galicia, cada intento de implantar una fábrica de celulosa ha terminado convertido en un campo de batalla. Desde las protestas contra ENCE en los años sesenta hasta el actual debate sobre el proyecto GAMA de Altri en Palas de Rei, se repite una dinámica muy gallega: una oposición emocional, nacida en las ciudades, que influye sobre el medio rural y bloquea casi cualquier intento de modernización industrial.
Es una historia de miedos, símbolos y poder cultural, donde la llamada “sociedad civil” —en realidad un grupo reducido de intelectuales urbanos— ha sabido dirigir el relato y moldear la percepción colectiva de generaciones enteras. Celulosas y prejuicios: medio siglo de resistencia al cambio en Galicia

Fábrica de Celulosa en Finlandia
Fábrica de Celulosa en Finlandia

Los años 70: la celulosa como símbolo del progreso… y del conflicto

A comienzos de los años 70, Galicia vivía un proceso de modernización profunda. La mecanización agraria, la emigración masiva y el abandono de miles de hectáreas de monte creaban el escenario ideal para una nueva industria forestal.
El eucalipto, recién implantado a gran escala, ofrecía una materia prima rentable. La creación de fábricas de celulosa se presentaba como el paso lógico para industrializar un recurso abundante y rural.

Fue en ese contexto cuando el Estado promovió varios proyectos: además de la planta de ENCE en Pontevedra, se plantearon factorías en Valdeorras, Ponteceso, Narón, Negreira y Brión. El discurso oficial era claro: desarrollo, empleo, retorno de población y aprovechamiento racional del monte. Celulosas y prejuicios: medio siglo de resistencia al cambio en Galicia

Pero esa idea de progreso chocó frontalmente con la Galicia urbana e intelectual que emergía en la Transición. Profesores universitarios, escritores, artistas y militantes nacionalistas —con un enorme poder moral en la sociedad de entonces— empezaron a ver en la celulosa el símbolo de una modernidad impuesta desde fuera, ajena a la “Galicia auténtica”.

La paradoja era evidente: el proyecto industrial, que aspiraba a crear valor en el rural, fue combatido desde los despachos de Santiago y A Coruña, no desde las aldeas afectadas. Sin embargo, aquellos intelectuales consiguieron articular un discurso tan emocional que pronto las comunidades rurales terminaron adoptándolo como propio, aunque muchas no comprendían del todo las implicaciones técnicas o económicas del proyecto.

Biodiversidad en Cerceda
Biodiversidad en Cerceda

Los intelectuales urbanitas y la “sociedad civil”: el nuevo poder cultural

En los años setenta y ochenta, la prensa gallega vivió un auge del columnismo político y literario. En ese entorno se formó una élite cultural urbana que, bajo el paraguas de la “sociedad civil”, logró dirigir la opinión pública como pocas veces antes en la historia gallega.
Figuras como Isaac Díaz Pardo, Méndez Ferrín, Manuel Rivas, Avilés de Taramancos, Antón Reixa o Manuel María lideraron manifiestos y artículos que denunciaban la “invasión del eucalipto” y la “amenaza de las nuevas celulosas”.
Su mensaje no era técnico ni económico: era moral y estético. Había que “salvar a Galicia” de la contaminación y del capitalismo industrial, aunque en muchos casos desconocieran las realidades del monte o de la gestión forestal. Celulosas y prejuicios: medio siglo de resistencia al cambio en Galicia

En 1990, buena parte de ellos firmó el “Manifiesto por el aprovechamiento racional de nuestro monte”, que condenaba las celulosas y los monocultivos forestales.
Aquel texto se convirtió en dogma ideológico para la nueva izquierda gallega, y su influencia fue enorme.
Las comunidades rurales, más conservadoras y con una desconfianza histórica hacia lo nuevo, encontraron en ese discurso urbano un argumento para justificar su propia resistencia al cambio.
Así, lo que comenzó como un movimiento ecologista urbano acabó fusionándose con la prudencia natural del campesinado gallego, generando una oposición transversal que mezclaba romanticismo, miedo y desconfianza hacia cualquier transformación profunda.

metsagroup
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Pontevedra: el origen del mito

La historia de ENCE Pontevedra resume este proceso. La fábrica se inauguró en 1963 en plena ría, como parte del plan estatal de industrialización del noroeste. Durante décadas fue uno de los principales motores económicos de la comarca: generó empleo estable, infraestructura y actividad portuaria.
Sin embargo, también se convirtió en un símbolo de contaminación visual y olfativa. El hedor de la pasta de papel —la famosa “cheirona”— alimentó el rechazo popular.
La fábrica, situada en un entorno costero sensible, dio argumentos perfectos para quienes querían convertirla en un símbolo político del mal desarrollo.

A mediados de los 80, empezaron a organizarse las primeras plataformas “ciudadanas” por la recuperación de la ría. Detrás de muchas de ellas estaban profesores universitarios, artistas y columnistas compostelanos con gran capacidad de influencia mediática.
Pontevedra fue el primer laboratorio de la alianza entre el urbanismo ideológico y la resistencia rural.
En nombre de la “sociedad civil”, se promovió un discurso que no solo pedía cerrar la fábrica, sino también frenar cualquier expansión del modelo forestal asociado a ella.
Con el tiempo, ese relato caló tan hondo que la celulosa pasó a ser sinónimo de contaminación, y el eucalipto, su cómplice vegetal.

Décadas después, pese a las modernizaciones tecnológicas y las mejoras ambientales, la fábrica sigue siendo un símbolo divisivo. ENCE es hoy mucho menos contaminante, pero la batalla cultural que se libró en los 80 dejó una huella imposible de borrar. En el imaginario gallego, el olor del sulfato sigue pesando más que las cifras de empleo o sostenibilidad.

En Bergondo
En Bergondo

La resistencia al cambio como identidad

En Galicia, los cambios profundos siempre han encontrado un muro invisible. Lo nuevo genera desconfianza. El campesinado gallego, forjado en la economía de subsistencia, aprendió durante siglos a sobrevivir con poco y a desconfiar de las promesas externas.
Esa resistencia ancestral al cambio se sumó al discurso urbano antindustrial y generó un cóctel perfecto para el bloqueo.

Cuando las fábricas de celulosa se propusieron en Ponteceso, Valdeorras o Brión, las movilizaciones partieron de un puñado de dirigentes locales y activistas llegados de la ciudad.
La mayoría de los vecinos escuchaba, dudaba y terminaba apoyando lo que decían los “señores de Santiago”, convencidos de que si lo decía la televisión o el periódico, debía ser cierto.
De esa manera, la élite cultural urbana logró imponer un relato de oposición que el rural asumió sin discutir.

El sociólogo José Miguel Alonso Boo lo explicó con ironía: Los intelectuales gallegos han sabido traducir su desconfianza hacia el progreso en un idioma que el pueblo entiende: el miedo al cambio.”
Desde entonces, cada intento de industrializar el monte gallego ha tropezado con esa mezcla de paternalismo urbano y prudencia campesina.

Pino en Carral
Eucalipto en Sada

La guerra de las celulosas en Galicia (1970–1980)

El sueño de una Galicia industrial

A finales de los años sesenta y comienzos de los setenta, Galicia vivía un proceso de cambio silencioso. Miles de hectáreas de monte quedaban abandonadas por la emigración, y la idea de aprovechar la abundancia de madera empezaba a verse como una oportunidad de progreso. Los Consejos Económicos Sindicales de las cuatro provincias pedían “una fábrica de celulosa por provincia”, convencidos de que el futuro pasaba por industrializar el monte gallego.

Existía ya la planta de ENCE en Pontevedra, y se proyectaban otras en Ponteceso (A Coruña), O Barco de Valdeorras (Ourense), Brión (Santiago) y Foz (Lugo). Los promotores —empresas gallegas con apoyo estatal— veían en esas iniciativas una manera de crear empleo rural y frenar la despoblación. El argumento era sólido: Galicia exportaba materia prima barata, mientras Finlandia y Suecia,  basaban su prosperidad en la industria forestal.

Pero aquel sueño chocó pronto con una nueva sensibilidad social. Como explica José Miguel Alonso Boo, “cuando el desarrollo industrial llamó a la puerta del rural gallego, los intelectuales urbanos ya habían decidido que ese progreso no era el suyo”.

La reacción urbana: del entusiasmo al miedo

La primera oposición documentada surgió en 1971, cuando comenzaron las campañas de prensa contra las fábricas previstas en Ponteceso y Valdeorras. En apenas un año, los titulares pasaron de celebrar la inversión a denunciar sus peligros. El periodista Martínez Couselo, testigo directo de aquel giro, escribió con ironía que “en Galicia se inventó la contaminación antes de que llegara”.

Según los testimonios recogidos por Alonso Boo, los argumentos técnicos se mezclaron con miedo cultural y discurso político. Se hablaba de vertidos, de muerte del marisco, de olores insoportables, incluso de caída del cabello en las aldeas próximas a la fábrica de Pontevedra. Sin pruebas ni estudios, la palabra “celulosa” se volvió sinónimo de amenaza.

La oposición urbana encontró su altavoz en la prensa y en la universidad. Profesores como Xosé Manuel Beiras y Xesús Alonso Montero, junto a escritores como Méndez Ferrín, Manuel María o Isaac Díaz Pardo, firmaron manifiestos y artículos denunciando las “industrias nocivas e insalubres”. Para ellos, el problema no era solo ambiental, sino identitario: la celulosa representaba un modelo económico ajeno a la Galicia rural y campesina que idealizaban.

En palabras de Boo, “los intelectuales urbanitas se erigieron en guardianes del paisaje moral de Galicia”. Y su mensaje caló.

Cómo los intelectuales moldearon la opinión rural

La llamada “sociedad civil” que encabezó la oposición no era espontánea ni homogénea. Estaba formada por asociaciones culturales y naturalistas como O Facho, la Sociedade Galega de Historia Natural (SGHN) o Albe-Galicia, todas radicadas en entornos urbanos y con una fuerte base ideológica. Su influencia sobre los municipios rurales fue decisiva.

Entre 1975 y 1976, los alcaldes de Coristanco, Cabana, Laracha, Camariñas y Malpica firmaron una carta conjunta dirigida al Gobierno Civil de A Coruña afirmando que “el pueblo de Bergantiños no quiere la celulosa y está dispuesto a impedir su instalación”. En realidad, como señala Boo, muy pocos vecinos comprendían lo que era una fábrica de celulosa; la mayoría repetía los mensajes que llegaban de Santiago o de la prensa.

Las reuniones en parroquias rurales se llenaban de técnicos, ecologistas y universitarios que hablaban de “catástrofes ecológicas” y “colonización industrial”. Aquellas palabras, nuevas y alarmantes, tuvieron un efecto inmediato en una población que ya era de por sí conservadora y temerosa del cambio. La prudencia natural del campesinado gallego —forjada en siglos de autosuficiencia y recelo ante lo externo— se convirtió en terreno fértil para el mensaje urbano de “defender la tierra”.

La oposición se transformó así en un fenómeno transversal: los intelectuales aportaban el discurso y los aldeanos el número. Boo lo resume con precisión:

“Los urbanitas pusieron la voz; el rural puso el cuerpo. El miedo al cambio se vistió de conciencia ecológica.”

El relato del “pueblo contra la fábrica”

En pocos años, las protestas alcanzaron una dimensión simbólica. En 1976 se organizó en Ponteceso una de las primeras manifestaciones multitudinarias de la historia ambiental gallega. Participaron alcaldes, párrocos, profesores y vecinos que, en muchos casos, nunca habían visto una fábrica similar.
La prensa titulaba: “El pueblo de Bergantiños se levanta contra la celulosa”.
Aquel relato épico —el pueblo contra la industria, la naturaleza contra el progreso— se consolidó como un mito fundacional del ecologismo gallego.

Asnkosken
Asnkosken

De Huelva a Palas de Rei: dos mundos opuestos

Mientras Galicia paralizaba proyectos, en el resto de España la industria forestal se consolidaba.
En Huelva, por ejemplo, ENCE abrió su planta en 1964, y aunque también generó conflictos, se integró en la economía local. Durante décadas dio empleo a cientos de familias y se convirtió en parte del paisaje social de la ciudad.
En Motril (Granada), la fábrica de celulosa instalada en 1963 llegó a emplear a más de 3.000 personas, aprovechando el bagazo de la caña de azúcar. Cuando cerró, la comarca lo sintió como una pérdida irreparable.

Esos ejemplos muestran la paradoja gallega: mientras otras regiones asumían la industrialización como herramienta de progreso, Galicia desarrollaba un ecologismo cultural que veía en la fábrica el enemigo.
Y no era un rechazo al modelo económico, sino al símbolo. El rural gallego fue educado —desde la prensa y la universidad— para asociar “industria” con “contaminación”, y “paisaje” con “pureza”.
Esa ecuación estética y moral sigue viva hoy.

Cerceda
Cerceda

Palas de Rei: el déjà vu de la historia

El proyecto GAMA de la portuguesa Altri en Palas de Rei ha reactivado todos los fantasmas del pasado.
La propuesta: una planta de nueva generación para producir fibra textil a partir de pasta de celulosa. Tecnología moderna, certificaciones ambientales, empleo local y cadena de valor gallega.
El guion: idéntico al de hace 50 años.

Desde las ciudades, un nuevo frente de oposición —intelectuales, ecologistas, plataformas ciudadanas y grupos políticos— denuncia el “atentado ambiental”.
Se repite el patrón: movilizaciones masivas en Santiago y Pontevedra, miles de alegaciones y la construcción mediática de una amenaza apocalíptica.
Y, una vez más, las poblaciones locales acaban asumiendo el discurso urbano, entre la prudencia y la desconfianza.
El rural observa, duda, y termina diciendo “non”, aunque sepa que sin proyectos como ese no habrá empleo ni relevo generacional.

La diferencia con los años 70 está en la tecnología y en el lenguaje: ahora se habla de “biofábricas”, de “economía circular” y de “transición verde”. Pero el reflejo colectivo es el mismo.
Galicia sigue debatiéndose entre su deseo de preservar el paisaje y la necesidad de darle vida económica.

Fabrica_SCA_Suecia
Fabrica_SCA_Suecia

Entre el romanticismo y la economía real

Detrás de la oposición actual hay una idea profunda, casi espiritual: la del rural como refugio de lo puro.
Ese mito, alimentado por escritores y artistas urbanos desde los años 70, convirtió al campo gallego en un escenario idealizado, una especie de Arcadia intocable donde toda fábrica es pecado.
Pero la realidad económica del rural no cabe en esa postal. Los montes abandonados, los incendios recurrentes y el envejecimiento demográfico son consecuencia directa de esa falta de actividad productiva.

Cuando se demoniza al eucalipto o se bloquea una industria forestal, se está negando al rural una herramienta de supervivencia.
Y lo más paradójico es que quienes lideran esa oposición viven lejos del monte.
Hablan en nombre de “la sociedad gallega”, pero sus manos no han cortado un árbol ni desbrozado un camino.

El rural necesita gestión, inversión y empleo. Sin eso, la Galicia verde que los urbanitas dicen proteger será un territorio vacío.

Munksunds Pappersbruk
Munksunds Pappersbruk

El precio de la resistencia

Cincuenta años después de la primera guerra de las celulosas, la población que vive en Galicia sigue atrapada en el mismo dilema.
El poder cultural de los intelectuales urbanos, sumado a la prudencia natural del campesinado, ha creado una resistencia estructural al cambio.
Esa resistencia, disfrazada de amor a la tierra, ha tenido un coste enorme, pérdida de población, abandono forestal y dependencia de exportaciones de madera sin transformar.

La historia se repite con precisión casi literaria. En 1976 fue Ponteceso; hoy es Palas de Rei.
El discurso cambia de forma, pero no de fondo: miedo al progreso, desconfianza hacia el industrial, exaltación del paisaje.
Y mientras tanto, el rural gallego se vacía en silencio.

Galicia necesita menos poesía y más política forestal.
Menos nostalgia y más proyectos bien hechos.
Porque solo cuando el monte dé vida y trabajo a su gente, podrá protegerse de verdad.

Fuentes

 

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