La mala prensa del eucalipto en Galicia: historia de un mito persistente
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El árbol más odiado de Galicia, historia y mitos del eucalipto
Durante más de medio siglo, el eucalipto ha sido protagonista de uno de los debates más enconados del sector forestal gallego. Desde árbol milagroso a “árbol maldito”, su imagen pública ha oscilado entre la esperanza de progreso y la condena ecológica.El árbol más odiado de Galicia, historia y mitos del eucalipto
Sin embargo, detrás de esta mala prensa hay una historia compleja en la que se mezclan política, desconocimiento técnico, intereses industriales, movimientos sociales y una creciente distancia entre el mundo urbano y el rural.
Este artículo analiza, a partir de las obras “Sobre la mala prensa del eucalipto en Galicia” de José Miguel Alonso Boo (2012) y “Eucaliptos en España: razones y pasiones” de Francisco Díaz-Fierros (2022), cómo y por qué surgió la demonización del eucalipto. Un relato que abarca desde los años 50 hasta hoy, donde se entrelazan la ciencia, la ideología y la realidad económica del monte gallego.

De árbol milagro a árbol maldito
A mediados del siglo XX, el eucalipto era visto como una especie prodigiosa. Su rápido crecimiento, su capacidad para prosperar en terrenos pobres y su valor industrial lo convirtieron en el símbolo del progreso forestal en un país necesitado de materias primas.
En Galicia, donde la superficie forestal había sido devastada por siglos de sobreexplotación, incendios y abandono agrario, el eucalipto ofrecía una alternativa viable: recuperar suelos improductivos y generar riqueza.
El profesor Díaz-Fierros recuerda que los primeros eucaliptos se introdujeron con entusiasmo casi patriótico. Ingenieros de montes y autoridades forestales los promovieron como parte de una “reforestación redentora”, destinada a regenerar el paisaje gallego y abastecer de pasta de papel a la nueva industria nacional.
A mediados de los años 50, la creación de ENCE (Empresa Nacional de Celulosas) y la expansión de viveros forestales estatales consolidaron la idea del eucalipto como motor de modernización económica.
Pero esa imagen positiva iba a cambiar pronto. Lo que comenzó como una promesa de futuro se transformó, en apenas dos décadas, en uno de los mayores conflictos simbólicos entre campo y ciudad.

Los años 50-70: modernización forestal y el primer prejuicio urbano
En los años 50 y 60, la reforestación masiva impulsada por el Estado franquista buscaba transformar amplias superficies de monte en fuentes de riqueza. Los técnicos de montes, formados en la lógica productivista de la época, seleccionaron especies de crecimiento rápido —pinos y eucaliptos— para repoblar miles de hectáreas degradadas.
Galicia, con su clima húmedo y suelos ácidos, resultó ideal para el Eucalyptus globulus, la especie más cultivada.
Sin embargo, la percepción social del eucalipto pronto comenzó a fracturarse. En las ciudades, donde el conocimiento forestal era escaso, la visión del monte cambió. El eucalipto, originario de Australia, empezó a percibirse como “extranjero”, ajeno al imaginario rural gallego.
El relato del “árbol foráneo que sustituye al autóctono” caló entre la prensa y la intelectualidad urbana, especialmente a partir de los años 70, cuando el ecologismo incipiente empezó a cuestionar los modelos intensivos.
José Miguel Alonso Boo identifica en su estudio (2012) que la desconfianza hacia el eucalipto no nació del campo, sino de la ciudad. En los pueblos, el eucalipto era una herramienta económica; en los entornos urbanos, un símbolo del desarraigo.
La “mala prensa” empezó en los periódicos gallegos de finales de los setenta, donde se publicaban artículos de opinión alarmistas sobre “el peligro del eucalipto”, sin datos técnicos ni contraste científico. La semilla del mito ya estaba plantada.

Los años 80 y 90: ecologismo, incendios y nacimiento del mito mediático
Con la transición democrática llegó el auge del ecologismo en España. Organizaciones recién nacidas, inspiradas en los movimientos verdes europeos, encontraron en el eucalipto un enemigo fácil.
Era un símbolo perfecto: una especie exótica, ligada a una industria estatal (ENCE) y visible en el paisaje.
Los años 80 coincidieron además con olas de incendios forestales devastadores. Los medios comenzaron a asociar, sin evidencia científica, la presencia del eucalipto con la propagación del fuego.
Díaz-Fierros recuerda que esta relación era “tan intuitiva como falsa”: lo que ardía en Galicia no eran los eucaliptos, sino el matorral y el abandono rural. Pero la simplificación mediática fue inmediata: “arde Galicia porque está llena de eucaliptos”.
En esta época se consolida el discurso de la “especie invasora”, pese a que el eucalipto nunca mostró un comportamiento invasivo real en Galicia. Su regeneración espontánea es escasa y controlable, y solo prospera donde el suelo ha sido alterado.
Sin embargo, la etiqueta de “plaga australiana” comenzó a repetirse en titulares, informes y conversaciones públicas. El mito se alimentó de tres factores principales:
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Desconexión rural-urbana: el mundo urbano ya no comprendía la función productiva del monte.
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Mala comunicación institucional: la administración forestal no supo explicar el valor económico y ecológico de la especie.
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Necesidad mediática de un culpable: los incendios y la pérdida de biodiversidad exigían una causa visible, y el eucalipto encajaba en el papel.
Alonso Boo señala que, en esos años, se publicó más opinión que ciencia. Las páginas de La Voz de Galicia o Faro de Vigo comenzaron a difundir, de forma reiterada, artículos de tono apocalíptico sobre los supuestos efectos del eucalipto en el agua o el suelo.
Pocos lectores sabían que, al mismo tiempo, los estudios del Centro de Lourizán demostraban que un eucaliptal bien gestionado tenía impactos similares a un pinar en hidrología y fertilidad del suelo. Pero la prensa rara vez citaba esas conclusiones.
El discurso ecologista, más emocional que técnico, ganó terreno. Y lo hizo en paralelo a una crisis más profunda: el abandono del medio rural gallego, que seguía perdiendo población y rentabilidad agraria.
El eucalipto, en lugar de verse como una herramienta de gestión y empleo, se convirtió en el chivo expiatorio de un problema social mucho más amplio.

Años 2000-2020: la era digital y la expansión del prejuicio
El cambio de siglo trajo un nuevo escenario. Con la llegada de Internet y las redes sociales, el mito del eucalipto se multiplicó.
En foros, blogs y medios digitales, el discurso contra el eucalipto se simplificó todavía más: “destruye los suelos, seca los ríos, arde con facilidad, no deja vivir nada bajo él”.
Frases cortas, fáciles de compartir, pero carentes de rigor. En este punto, la desinformación sustituyó casi por completo al análisis científico.
Mientras tanto, el eucalipto seguía expandiéndose en Galicia, impulsado por su rentabilidad y por la demanda estable de la industria papelera.
Esto acentuó el conflicto simbólico: a más eucalipto, más rechazo mediático.
El árbol pasó de ser una cuestión forestal a convertirse en un tema político y cultural.
En 2018 y 2021, con la aprobación de la moratoria autonómica al eucalipto, el debate alcanzó su punto álgido. Greenpeace y otras ONG publicaron informes donde pedían “detener la invasión del eucalipto”, apoyándose en datos incompletos o extrapolados.
La respuesta del ámbito académico fue contundente: tanto Díaz-Fierros como la Asociación Forestal de Galicia señalaron que la expansión del eucalipto se debía a la falta de gestión activa del monte y a la rentabilidad diferencial frente a otras especies, no a una “invasión biológica”.
Durante este período, la “mala prensa” alcanzó su máxima difusión.
Los medios repetían una y otra vez los mismos mensajes sin matices, mientras en el rural se consolidaba una visión más pragmática: el eucalipto no era el enemigo, sino una herramienta de supervivencia económica.
El contraste entre percepción mediática y realidad forestal nunca había sido tan grande.

La visión científica: Díaz-Fierros y Alonso Boo desmontan la demonización
Ambos autores coinciden en lo esencial: la imagen negativa del eucalipto es un fenómeno cultural y mediático, no científico.
1. La raíz ideológica del conflicto
Para Alonso Boo, la demonización del eucalipto responde a un conflicto simbólico entre naturaleza e industria.
En su tesis de 2012, rastrea decenas de artículos publicados desde los años 70 y demuestra que la mayoría de ellos no se basan en estudios científicos, sino en valoraciones morales: “árbol malo”, “enemigo del bosque gallego”, “símbolo del capitalismo forestal”.
La narrativa ecologista mezcló, según Boo, “legítima preocupación ambiental con prejuicio ideológico”, identificando el eucalipto con un modelo industrial ajeno al territorio.
De ahí que su “mala prensa” no derive tanto de sus efectos reales, sino de lo que representa: un árbol útil, rentable y rápido, contrario a la idea romántica del bosque natural.
2. Díaz-Fierros: un árbol más, no un enemigo
En Eucaliptos en España: razones y pasiones (2022), el profesor Díaz-Fierros aborda el tema con serenidad científica.
Reconoce que el eucalipto puede generar impactos ecológicos si se planta mal o en exceso, pero advierte contra la “condena moral” de una especie vegetal.
Su argumento es claro: “No hay especies buenas o malas; hay buenas o malas gestiones”.
Díaz-Fierros desmantela uno a uno los mitos más repetidos:
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Consumo de agua: similar al pino y muy inferior al de cultivos agrícolas.
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Biodiversidad: un eucaliptal maduro puede albergar fauna y flora comparables a otras masas productivas.
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Incendios: el eucalipto no causa el fuego, arde porque el entorno está abandonado.
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Suelo: no lo agota si se gestionan adecuadamente los residuos de corta.
En sus palabras, “la mala prensa del eucalipto es, en buena medida, un problema de comunicación y de desconocimiento técnico”.
El autor subraya que, en Galicia, la expansión del eucalipto fue una respuesta racional de los propietarios ante la falta de alternativas rentables.
No fue un fenómeno invasivo, sino una decisión económica legítima dentro de un marco legal y climático favorable.
3. Ciencia frente a eslogan
Tanto Boo como Díaz-Fierros coinciden en que el debate actual se ha desplazado de la ciencia al eslogan.
El problema ya no es técnico, sino emocional: el eucalipto “no cae bien”.
Y eso explica por qué, a pesar de que las investigaciones del CIF de Lourizán, la Universidad de Santiago o la Asociación Forestal de Galicia han desmentido sistemáticamente los tópicos más extendidos, la opinión pública sigue repitiéndolos.
Como resume Díaz-Fierros: “El eucalipto sufre más prejuicios que incendios”.

El papel de los medios y la política forestal
1. La prensa como amplificador del mito
Desde los años 80 hasta hoy, la prensa gallega ha actuado como altavoz del conflicto, a menudo sin ofrecer contexto técnico.
Alonso Boo analizó más de 500 artículos de prensa publicados entre 1970 y 2010: solo el 5 % incluía referencias a estudios científicos.
El resto reproducía opiniones, cartas o testimonios sin base experimental.
Esta ausencia de rigor ha consolidado lo que el autor denomina “una mitología forestal contemporánea”: una colección de creencias persistentes que se repiten como verdades absolutas.
Los titulares suelen apelar al miedo: “El eucalipto avanza”, “La plaga verde”, “El enemigo del bosque autóctono”.
Pocos añaden que el 95 % del monte gallego es privado y que las plantaciones se rigen por una de las legislaciones más estrictas de Europa (Ley 7/2012 de Montes de Galicia).
Tampoco se menciona que más del 60 % de la madera gallega proviene del eucalipto y sostiene miles de empleos rurales.
Esa desconexión entre datos y discurso ha alimentado una brecha emocional que persiste hasta hoy.
2. La política forestal: entre el paternalismo y la contradicción
El discurso político tampoco ha ayudado a clarificar el debate.
En Galicia, la política forestal ha oscilado entre el paternalismo ambiental y la indecisión económica.
Por un lado, se promueven planes de “restauración del bosque autóctono”; por otro, se tolera —e incluso se incentiva indirectamente— la plantación de eucalipto como motor de exportaciones madereras.
El resultado es un doble mensaje: se reconoce su importancia económica, pero se le niega legitimidad simbólica.
Díaz-Fierros apunta que esta contradicción ha generado frustración entre los propietarios forestales, que ven cómo se les pide mantener el monte, pero se les criminaliza por hacerlo rentable.
Y esa incoherencia política refuerza el discurso mediático: cada moratoria, cada prohibición, cada campaña contra el eucalipto, se interpreta como una victoria moral del ecologismo urbano frente al rural productivo.

2020 en adelante: hacia una nueva percepción
Los últimos años están marcando un cambio de ciclo.
La crisis climática y la búsqueda de materiales sostenibles han devuelto protagonismo al sector forestal, y el eucalipto —por su rápida captación de CO₂ y su potencial en bioproductos— vuelve a ganar respeto técnico.
Proyectos industriales como ALTRI en Palas de Rei o la apuesta de ENCE por la economía circular muestran que el eucalipto puede integrarse en modelos de bioeconomía verde, con trazabilidad y certificación FSC o PEFC.
Paradójicamente, la especie más atacada en el discurso ambiental puede convertirse en una aliada de la descarbonización europea.
Su alta productividad y su capacidad de secuestro de carbono hacen del eucalipto un actor clave en la transición hacia materiales renovables.
El reto ahora no es eliminarlo, sino gestionarlo inteligentemente, diversificando usos y alargando los turnos de corta.
En el plano social, también hay señales de cambio:
Cada vez más jóvenes rurales y comunidades vecinales asumen que el futuro del monte pasa por una silvicultura productiva y sostenible.
El eucalipto, integrado en paisajes mixtos y manejado con criterios técnicos, deja de ser un enemigo y vuelve a ser lo que siempre fue: una herramienta.

Conclusión: medio siglo de mitos y la oportunidad del futuro
La historia de la “mala prensa” del eucalipto en Galicia es, en realidad, la historia de un malentendido colectivo.
Nació en los años 70 de la desconfianza urbana hacia la modernización rural, se consolidó en los 80 con el auge del ecologismo mediático y se expandió en el siglo XXI bajo la lógica de las redes sociales.
Pero ni la ciencia ni la experiencia forestal han avalado nunca los tópicos que lo rodean.
Como escribió Alonso Boo, “no se odia al eucalipto por lo que hace, sino por lo que representa”.
Y lo que representa es precisamente lo que muchos temen debatir: una economía forestal viva, privada, productiva y rural, frente a una visión urbana que asocia el bosque solo con conservación pasiva.
Díaz-Fierros, desde la ciencia y la prudencia, propone superar esa dicotomía: el eucalipto puede y debe formar parte de una gestión sostenible si se sitúa en su lugar adecuado.
La clave no es prohibir, sino planificar, diversificar y comunicar.
Galicia tiene la oportunidad de reconstruir un relato forestal propio, basado en datos y no en dogmas.
El eucalipto no es la amenaza, sino la evidencia de que el monte puede ser rentable sin dejar de ser verde.
Y si algo nos enseña medio siglo de polémica es que los prejuicios no arden, pero los montes abandonados sí.

















