El monte gallego no es un decorado para poetas.

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Eucaliptos y carballos

Conservar el monte no significa congelarlo

Cuando se habla de conservar el entorno en Galicia, muchas veces parece que conservar significa dejar las cosas exactamente como estaban. El problema es determinar cuándo estaban como supuestamente deben estar. El monte gallego no es un decorado para urbanitas

¿Hace cincuenta años? ¿Hace dos siglos? ¿Antes de la llegada del pino? ¿Antes del eucalipto? ¿Cuando buena parte de nuestros montes se utilizaba para pastoreo, recogida de leña, carboneo y cultivo de cereal?

El paisaje gallego nunca ha permanecido quieto. Ha cambiado con la población, con la economía, con las necesidades de cada época y con las posibilidades técnicas disponibles. Y, después de cada transformación, el propio territorio ha provocado nuevas formas de vivir y trabajar.

Por eso, conservar el monte no puede consistir en detener la historia. Debe consistir en gestionar el cambio.El monte gallego no es un decorado para urbanitas

Abegondo
Abegondo

El paisaje gallego siempre estuvo cambiando

Existe cierta tendencia a imaginar el paisaje tradicional de Galicia como una realidad estable, equilibrada y casi natural. Una especie de fotografía antigua que deberíamos reconstruir y mantener para siempre.

Pero ese paisaje también era el resultado de la actividad humana.El monte gallego no es un decorado para urbanitas

Los campos de cultivo, los prados, las corredoiras, los muros, las aldeas, los soutos y muchas zonas que hoy consideramos tradicionales fueron creados y modificados por generaciones de personas que necesitaban alimentarse, calentarse y obtener alguna renta de la tierra.

Cuando había una población rural numerosa, el territorio se utilizaba intensamente. Se recogía leña, se rozaba el monte, se llevaba el ganado a pastar y se aprovechaba prácticamente cualquier recurso disponible.

Más tarde llegaron otros cambios. La emigración, la industrialización, el abandono de la agricultura, la mecanización y la reducción de la ganadería transformaron nuevamente el territorio. Allí donde dejaron de cultivarse cereales o de pastar animales, aparecieron matorrales, plantaciones forestales o masas arboladas.

El monte que hoy vemos no surgió al margen de la sociedad. Es la consecuencia de su evolución.

En Soñeiro
En Soñeiro

La población transforma el territorio

La relación entre sociedad y territorio funciona en las dos direcciones.

La población modifica el paisaje para adaptarlo a sus necesidades, pero ese nuevo paisaje también influye después en la economía, en el empleo y en la forma de vida de la población.

Cuando la agricultura perdió peso, muchas parcelas dejaron de tener utilidad agrícola. En algunas zonas, la producción forestal ofreció una alternativa. La madera permitió mantener el valor de terrenos que, de otro modo, habrían quedado completamente abandonados.

A su vez, esa actividad favoreció la aparición de empresas de aprovechamiento, transporte, transformación y servicios forestales. Se crearon empleos y se generaron rentas que volvieron a influir sobre el territorio.

Es un proceso continuo. La sociedad cambia el monte y el monte transformado genera nuevas dinámicas sociales y económicas.

Pretender detener esa relación es tan poco realista como intentar conservar una aldea obligando a sus habitantes a vivir exactamente como lo hacían sus abuelos.

Rus.Carballo
Rus.Carballo

Una historia que no avanza en línea recta

En una interpretación muy general, Hegel entendía la historia como un movimiento producido por tensiones, contradicciones y transformaciones sucesivas.

No se trata de que cada etapa elimine por completo la anterior. Muchas veces la incorpora, la modifica y da lugar a una realidad nueva.

Algo parecido ocurre con el paisaje.

El monte gallego no ha pasado de un estado natural perfecto a otro completamente artificial. Ha atravesado distintas etapas de aprovechamiento, abandono, regeneración y producción.

Cada una ha respondido a las condiciones de su tiempo. Y cada una ha creado también problemas nuevos que hubo que resolver.

Pensar que ahora podemos escoger un momento concreto de esa evolución y declararlo paisaje definitivo es ignorar cómo se ha formado realmente el territorio.

Scruton y el amor al lugar concreto

El filósofo británico Roger Scruton utilizaba el concepto de oicofilia para referirse al amor por el hogar, por lo propio y por el lugar al que pertenecemos.

Esta idea resulta especialmente interesante cuando hablamos del monte.

El cuidado del territorio no nace únicamente de grandes declaraciones sobre el planeta o la biodiversidad. También nace de una relación directa con una finca, una aldea, un río o un monte determinado.

Quien posee un terreno, lo trabaja, invierte en él y espera durante años para obtener una renta mantiene una relación concreta con ese espacio. Puede equivocarse, como cualquier persona, pero tiene incentivos reales para conservar su valor.

El propietario forestal sabe que una mala plantación, un incendio, una corta deficiente o la falta de accesos pueden arruinar años de esfuerzo.

Por eso la propiedad y la responsabilidad están relacionadas.

No significa que el propietario pueda hacer cualquier cosa. Las normas son necesarias. Pero deben ser razonables, proporcionadas y compatibles con el aprovechamiento económico.

El problema del ecologismo abstracto

Buena parte del debate sobre el monte gallego se formula desde conceptos generales.

Se habla de recuperar el bosque autóctono, eliminar determinadas especies, restaurar el paisaje o devolver el territorio a un estado anterior. Son propuestas que pueden sonar bien, pero casi siempre dejan algunas preguntas sin responder.

¿Quién paga la transformación?

¿Quién mantiene esas masas forestales?

¿Qué renta recibe el propietario?

¿Qué sucede si la plantación alternativa no tiene salida comercial?

¿Quién asume el coste si se prohíbe producir?

Resulta relativamente fácil decidir cómo deberían gestionar los demás sus propiedades. Lo difícil es responsabilizarse de los costes y de los resultados.

La conservación no puede convertirse en un sistema en el que unos obtienen la satisfacción moral y otros pagan la factura.

Limiñón
Limiñón

El monte no es solamente un paisaje

Para un visitante, un monte puede ser un lugar de paseo o contemplación. Para su propietario puede representar una inversión de varias décadas.

Para una empresa forestal es una fuente de trabajo. Para una industria es materia prima renovable. Para una familia puede ser parte de una herencia.

Todas estas funciones son legítimas.

Reducir el monte a su valor paisajístico significa ignorar buena parte de su realidad. Y en Galicia esa realidad está vinculada a miles de pequeños propietarios y a una cadena productiva que genera actividad en numerosas zonas rurales.

Industria forestal
Industria forestal

 

El monte productivo también conserva

A menudo se presenta la producción forestal como lo contrario de la conservación. Sin embargo, un monte productivo bien gestionado puede evitar el abandono, financiar los trabajos silvícolas y mantener accesos que también son útiles para la prevención y extinción de incendios.

La rentabilidad no es enemiga del cuidado. En muchas ocasiones es la condición que permite que exista.

Un terreno que genera ingresos conserva el interés de su propietario. Un terreno que solo produce obligaciones, gastos y restricciones corre el riesgo de quedar abandonado.

Esto no supone que todo el territorio deba dedicarse a la misma especie ni que no deban protegerse determinados espacios. Los ecosistemas de frondosas, las riberas, los humedales y las zonas de especial valor ambiental tienen una función imprescindible.

Pero su conservación debe convivir con superficies destinadas a producir madera. Galicia puede tener monte productivo y espacios de alto valor ecológico. No existe ninguna obligación de escoger entre uno u otro.

Gestionar el cambio en lugar de negar la realidad

La población rural seguirá cambiando. También cambiarán la industria, los mercados de la madera, el clima, la tecnología y las necesidades sociales.

El territorio volverá a adaptarse, como ha hecho durante siglos.

La política forestal debería acompañar ese proceso, ordenar los usos y corregir los problemas. No debería intentar imponer una fotografía idealizada del pasado.

Conservar no es impedir que el paisaje evolucione. Es conseguir que esa evolución mantenga un equilibrio entre producción, biodiversidad, empleo y calidad de vida.

En definitiva, el monte gallego no necesita quedar congelado. Necesita propietarios interesados en cuidarlo, empresas capaces de aprovecharlo, administraciones que regulen con sentido común y una sociedad que comprenda que el paisaje también es una construcción económica y humana.

Porque el territorio que no puede adaptarse termina abandonado. Y el abandono, por mucho que algunos quieran presentarlo como naturaleza, rara vez es una buena política de conservación.

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