El monte gallego, cultura forestal y eucalipto, leyendo a Jesús Adolfo Lage Picos en clave productivista
Cuando hoy discutimos sobre el eucalipto en Galicia, muchas veces parece que todo empezó ayer, un inventario forestal, una campaña mediática, una consigna política. Pero quien se tome la molestia de leer la tesis doctoral de Jesús Adolfo Lage Picos, “La construcción social del bosque y la cultura forestal en Galicia”, descubre otra cosa muy distinta, el monte gallego no es un decorado, es el resultado de dos siglos de decisiones económicas, conflictos sociales y cambios culturales. Y, si miramos con calma, el eucalipto entra en esa historia como una pieza más de la tradición productiva del rural, no como una anomalía.
Lage Picos no escribe panfletos, hace sociología seria. Pero, leído en clave FMF –es decir, desde una posición productivista, rural y basada en la economía real–, su trabajo ofrece argumentos sólidos contra el relato dominante que demoniza el monte productivo y, en particular, las plantaciones de eucalipto.

Del monte campesino al monte forestal: una historia de economía real, no de eslóganes
La tesis de Lage Picos recuerda algo que en el rural siempre se supo y que en la ciudad se ha olvidado con mucha facilidad, el monte fue durante siglos la columna vertebral del sistema agrario gallego.
No era un “bosque virgen” idílico, sino un engranaje económico muy preciso:
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Proporcionaba abono orgánico (toxo, brezo) para los campos de cultivo.
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Servía de pasto para el ganado menor y mayor.
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Aportaba leña y madera para usos domésticos y, poco a poco, para el mercado.
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Ofrecía productos complementarios (caza, frutos, etc.) que cerraban el ciclo de subsistencia.
Es decir, el monte era infraestructura económica, no un parque de recreo. Y eso tuvo una consecuencia clara, el bosque de carballos retrocedió frente a rozas y cultivos, no porque los campesinos odiasen la naturaleza, sino porque necesitaban comer, abonar y sobrevivir.
Con el tiempo, cuando aparece la posibilidad de vender madera en condiciones medianamente atractivas, los mismos habitantes del rural que antes explotaban el monte como fuente de abono empiezan a verlo como capital en el monte. Primero con el pino, más tarde con especies de crecimiento más rápido. Esa transición, que Lage detalla en la tesis, es clave, el bosque deja de ser solo “soporte de la agricultura” y se convierte también en activo forestal. Es el origen del monte productivo moderno, el mismo modelo que hoy permite que plantaciones bien gestionadas (incluido el eucalipto) generen renta, empleo, trabajos forestales y materia prima para industrias de valor añadido.
Lo importante aquí es la lógica, es el propio rural gallego quien impulsa esa transformación, no una conspiración abstracta. El campesinado incorpora el pino y luego el monte cultivado porque encaja en su estrategia económica. Si hoy hablamos de eucalipto, estamos discutiendo sobre la fase más reciente de una larga cadena de decisiones racionales del propietario gallego.

Productivistas y postmaterialistas: la mayoría silenciosa y la minoría con altavoz
En uno de sus trabajos más útiles para entender el debate actual, el artículo “Tipologías de representación social del monte y el sector forestal gallego mediante la construcción de índices”, Lage Picos analiza la famosa Encuesta de Cultura Forestal de Galicia de 1991. Y ahí introduce una distinción que, leída hoy, parece escrita para explicar el conflicto en torno al eucalipto:
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Por un lado, los productivistas:
Quienes ven el monte sobre todo como recurso económico. No por desprecio al paisaje ni al medio ambiente, sino porque saben que, sin ingresos, no hay gestión posible. Su lógica es la del propietario, el maderista, el trabajador forestal, la gente que vive de algo más que de dar charlas y redactar manifiestos. -
Por otro, los postmaterialistas:
Quienes priorizan el valor simbólico, recreativo o ecológico del monte, y tienden a mirar con recelo cualquier uso productivo intensivo. Su discurso se llena de conceptos como “sostenibilidad” o “biodiversidad”, pero casi siempre desligados de la pregunta incómoda: ¿quién paga la fiesta y con qué economía se sostiene el rural?
La clave, que Lage cuantifica, es demoledora: la mayoría social gallega se sitúa del lado productivista, mientras que las posiciones claramente postmaterialistas son minoritarias y se concentran en perfiles muy determinados, urbanos, con estudios superiores, desvinculados del trabajo directo con la tierra y, casi siempre, sin propiedad forestal.
Dicho en términos de “Política e Historia”:
La mayoría social que vive del territorio queda arrinconada, mientras una minoría con capital cultural y mediático se arroga el derecho a definir qué es “monte de calidad”, qué especies son “aceptables” y qué industrias son “legítimas”. Eso se llama hegemonía cultural, y Lage deja las bases empíricas muy claras, los que mandan en el relato no son precisamente los que pagan las facturas del rural.

Proteccionistas y “liberales”, quién decide sobre el monte
El segundo eje que plantea Lage Picos es el de la evaluación competencial, quién debe tener la última palabra sobre el monte.
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Los proteccionistas defienden una fuerte intervención pública: restricciones, figuras de protección, condicionantes, informes, moratorias… En teoría, en nombre del “interés general”.
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Los liberales (en el sentido que usa el autor) reclaman más margen para la decisión de los propietarios y usuarios, con menos tutela desde arriba.
Si lo cruzamos con el eje productivista/postmaterialista, el mapa se entiende rápido:
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En el cuadrante productivista-liberal encontramos a buena parte de los propietarios forestales, que quieren gestionar su monte para obtener renta, cumpliendo normas razonables pero sin que cada actuación se convierta en una carrera de obstáculos administrativos.
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En el cuadrante postmaterialista-proteccionista se agrupa una parte importante del ecologismo militante, de ciertos despachos técnicos y de las élites político-mediáticas que han convertido el monte en un campo de batalla ideológico.
Aquí encaja perfectamente la dinámica que vemos en el debate sobre el eucalipto:
Una minoría postmaterialista-proteccionista, pero muy organizada y con altavoces, utiliza la máquina normativa y comunicativa del Estado para imponer su visión del monte al resto de la sociedad, presentándola además como “consenso social” o “clamor ciudadano”.

¿Dónde encaja el eucalipto en este conflicto?
Si juntamos las piezas de la tesis doctoral de Lage Picos y del artículo sobre «Tipologías de representación social del monte..» , el lugar del eucalipto en el puzzle se aclara bastante:
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Especie de alto rendimiento en un contexto de abandono rural
En un territorio donde la agricultura tradicional se ha desmantelado, donde la ganadería extensiva retrocede y donde miles de parcelas quedan sin uso, las plantaciones de eucalipto –bien gestionadas– permiten mantener activo el monte, generar ingresos periódicos y sostener una cadena industrial potente (madera, pasta, tableros, energía renovable). -
Continuidad, no ruptura, con la historia del monte gallego
El paso del monte agrario al monte forestal productivo, primero con el pino y luego con otras especies, no fue un capricho, fue una respuesta racional a los incentivos económicos de cada época. El eucalipto recoge esa lógica, adaptada a la demanda industrial contemporánea. Demonizarlo es, en el fondo, demonizar la racionalidad económica del propio rural gallego. -
Blanco perfecto para la ofensiva postmaterialista-proteccionista
El eucalipto reúne todas las condiciones para convertirse en símbolo:-
Es una especie visible, asociada a la industria, con ciclos cortos y muy medibles en euros.
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Resulta fácil presentarlo como “lo otro”, frente a un bosque idealizado que ya casi no existe más que en fotos antiguas y en imaginarios urbanos.
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Permite articular un relato de “resistencia” contra la modernización industrial, incluso cuando esa resistencia suponga condenar a muchas comarcas al abandono.
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Lo que Lage aporta –y que en FMF compartimos– es una lectura estructural: el conflicto no es “eucalipto sí / eucalipto no”, sino monte productivo con propietarios responsables frente a monte tutelado por una alianza entre burocracia y activismo urbano. Cambia el eslogan, pero el fondo es el mismo.
Eucaliptos en Narón

Reivindicar la cultura forestal productiva
Uno de los méritos de la tesis “La construcción social del bosque y la cultura forestal en Galicia” es que rescata la idea de “cultura forestal” como algo vivo, un conjunto de saberes, prácticas y valores que articularon durante décadas la relación de las personas que viven en el rural gallego con el monte. Esa cultura no era romántica, era práctica.
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Sabemos que el monte hay que trabajarlo: clareos, podas, cortas a su debido tiempo.
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Sabemos que la rentabilidad no es un pecado, sino condición de posibilidad de cualquier gestión.
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Sabemos que el abandono es el verdadero enemigo, cuando nadie se ocupa del monte, llegan los incendios, el toxo, el riesgo y la pérdida de valor.
El discurso postmaterialista-proteccionista, en cambio, tiende a sustituir esa cultura forestal por una estética del paisaje dictada desde la ciudad y refrendada por normativas que se aprueban en despachos muy lejos de las parroquias afectadas. El propietario pasa de actor central a sospechoso permanente; la industria, de socio imprescindible a enemigo público.
La lectura productivista que proponemos desde FMF, apoyada en el trabajo de Lage Picos, va justamente en la dirección contraria:
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Reconocer al propietario como actor principal del monte.
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Asumir que sin ingresos no hay gestión, y que la madera –incluida la de eucalipto– es el vehículo más eficiente para transformar luz solar, agua y suelo en renta rural.
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Exigir normas claras y estables, que protejan lo esencial (suelo, agua, biodiversidad) pero no conviertan cada plantación en un vía crucis administrativo.

A modo de final. Escuchar a la mayoría rural, no al consenso fabricado
Si algo queda claro al leer a Jesús Adolfo Lage Picos es que el debate sobre el monte gallego no se puede reducir a imágenes impactantes ni a consignas de pancarta. Es un conflicto entre dos formas de entender la relación con el territorio:
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Una, productivista, enraizada en la historia del rural y que sigue siendo mayoritaria entre la población gallega, aunque apenas tenga voz mediática.
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Otra, postmaterialista y proteccionista, minoritaria pero muy influyente, que pretende definir desde la ciudad lo que el monte “debe ser”, incluso a costa de la economía y del futuro de las comarcas forestales.
En ese choque, el eucalipto se ha convertido en chivo expiatorio, cuando en realidad es solo la manifestación más visible de un modelo de monte productivo que ha permitido, y puede seguir permitiendo, que Galicia viva de sus recursos forestales en condiciones dignas.
Releer hoy la tesis doctoral de Lage Picos y sus artículos no es un ejercicio académico, es una forma de recuperar argumentos sólidos para defender el derecho del rural gallego a gestionar su monte, a plantar las especies que tengan sentido económico y ambiental, y a desarrollar una industria forestal potente, capaz de fijar población y generar empleo.
Desde FMF, esta es la línea en la que queremos seguir trabajando:
Un monte productivo, bien gestionado, con protagonismo de los propietarios y con el eucalipto como aliado, no como enemigo inventado por un consenso que se ha construido a espaldas de quienes viven realmente del territorio.
Fuentes:
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Lage Picos, X. A. (2001). La construcción social del bosque y la cultura forestal en Galicia. Tesis doctoral, Universidade de Santiago de Compostela, Santiago de Compostela.
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Lage Picos, X. A. (2002). «Tipologías de representación social del monte y el sector forestal gallego mediante la construcción de índices». Empiria. Revista de Metodología de Ciencias Sociales, nº 5, pp. 87-108.
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Lage Picos, X. A. (2003). «El monte, el cambio social y la cultura forestal en Galicia». RIPS. Revista de Investigaciones Políticas y Sociológicas, vol. 2, nº 1-2, pp. 109-124.


















2 respuestas
Un aporte académico interesante y con unas conclusiones bastante cabales, para cualquiera que conozca el rural y la lógica socioeconomica que siempre ha imperado, nos iba la supervivencia y el bienestar en ello.
Muchas gracias por tu comentario. El artículo busca precisamente poner el foco en algo que rara vez se discute con calma, cómo se ha construido, desde ciertos sectores ideológicos e intelectuales, una imagen del monte gallego que impide cualquier evolución o desarrollo que no encaje con una visión cerrada, casi sacralizada, de la “identidad”.
Desde hace más de un siglo, buena parte del nacionalismo gallego ha sostenido que la “verdadera Galicia” reside en el campo, el campesino y un paisaje inmutable. Esa idea, que nace en los textos de Risco o en la poesía de Pondal, se fue consolidando como un mito colectivo, la tierra como símbolo moral, el rural como esencia de lo gallego, y toda transformación productiva (sea una fábrica, un parque eólico o una plantación forestal) como una amenaza o una “profanación”.
Lo curioso es que esa visión, tan defensora del “auténtico rural”, ha sido profundamente hostil a las verdaderas herramientas que podrían mejorar la vida material en las aldeas, modernización agraria, industrialización forestal, inversiones en bioeconomía o proyectos como el de ALTRI, que proponen crear empleo, fijar población y valorizar nuestro monte. Todo eso ha sido sistemáticamente atacado —no por lo que es, sino por lo que representa, una población que quiere dejar de ser museo para convertirse en motor.
Como bien apunta Lage Pico en su entrevista, el problema no es el eucalipto, ni la celulosa, ni el monte. El problema es cultural, llevamos décadas permitiendo que la intelectualidad urbana decida cómo debe vivir el rural, siempre en nombre de una Galicia idealizada que solo existe en los libros y los discursos. Lo que falta es una cultura forestal real, viva, profesional, orgullosa. Y eso solo se construye escuchando también al que trabaja el monte, no solo al que lo contempla desde la distancia.