Galicia 50 años de mitos sobre el eucalipto Cuando el relato sustituyó a la ciencia.
» El eucalipto es un árbol de derechas, genocida, hereje, vampiro vegetal, analfabeto e imperialista”.
Dijo D. Carlos Navarrete Merino, miembro de la comisión de Agricultura del Congreso de los Diputados (PSOE 1977) . Fuente GARCÍA BAYÓN, C. “Las especies forestales nobles”, en “La Voz de Galicia”, 17 de septiembre de 1980, p. 37. Galicia 50 años de mitos sobre el eucalipto Cuando el relato sustituyó a la ciencia.
Durante medio siglo, Galicia ha vivido una transformación radical en la forma de percibir su medio ambiente. Pero esa evolución no siempre ha estado guiada por el conocimiento científico ni por la gestión forestal responsable.
Con frecuencia, la opinión pública gallega ha sido moldeada por emociones, ideologías y titulares sensacionalistas. En ese proceso, se han creado mitos duraderos que aún hoy condicionan la política, la economía rural y la gestión del monte.
Entre todos los ejemplos posibles, el del eucalipto es el más paradigmático. Lo que comenzó siendo una historia de éxito forestal y desarrollo industrial, acabó convertido en un relato de miedo, oposición y desinformación.
De “árbol milagro” a “enemigo del bosque gallego”, su imagen fue manipulada a lo largo de los últimos cincuenta años hasta transformarse en un símbolo de lo que José Miguel Alonso Boo denominó “la mala prensa del eucalipto”.

Los años 50-60: modernización forestal y el primer prejuicio urbano
En los años 50 y 60, la reforestación masiva impulsada por el Estado franquista buscaba transformar amplias superficies de monte en fuentes de riqueza. Los técnicos de montes, formados en la lógica productivista de la época, seleccionaron especies de crecimiento rápido —pinos y eucaliptos— para repoblar miles de hectáreas degradadas.
Galicia, con su clima húmedo y suelos ácidos, resultó ideal para el Eucalyptus globulus, la especie más cultivada.
Sin embargo, la percepción social del eucalipto pronto comenzó a fracturarse. En las ciudades, donde el conocimiento forestal era escaso, la visión del monte cambió. El eucalipto, originario de Australia, empezó a percibirse como “extranjero”, ajeno al imaginario rural gallego.
El relato del “árbol foráneo que sustituye al autóctono” caló entre la prensa y la intelectualidad urbana, especialmente a partir de los años 70, cuando el ecologismo incipiente empezó a cuestionar los modelos intensivos. Galicia 50 años de mitos sobre el eucalipto Cuando el relato sustituyó a la ciencia
José Miguel Alonso Boo identifica en su estudio (2012) que la desconfianza hacia el eucalipto no nació del campo, sino de la ciudad. En los pueblos, el eucalipto era una herramienta económica; en los entornos urbanos, un símbolo del desarraigo.
La “mala prensa” empezó en los periódicos gallegos de finales de los setenta, donde se publicaban artículos de opinión alarmistas sobre “el peligro del eucalipto”, sin datos técnicos ni contraste científico. La semilla del mito ya estaba plantada.

Los años 70: modernización forestal y desconfianza urbana
A principios de los años setenta, Galicia vivía un proceso de cambio acelerado. La despoblación rural, la mecanización agraria y el agotamiento del modelo tradicional habían dejado miles de hectáreas de monte abandonadas.
En ese contexto, el Estado impulsó la creación de grandes industrias forestales, con la esperanza de generar empleo y frenar la emigración. La Empresa Nacional de Celulosas (ENCE) se instaló en Pontevedra (1961), y se planificaron otras fábricas en Ponteceso, Valdeorras y Bergantiños.
El eucalipto, una especie de rápido crecimiento y gran valor industrial, era el pilar de aquel proyecto de modernización. Galicia 50 años de mitos sobre el eucalipto. Cuando el relato sustituyó a la ciencia. Galicia 50 años de mitos sobre el eucalipto Cuando el relato sustituyó a la ciencia
Sin embargo, el entusiasmo técnico no tuvo reflejo en la sociedad urbana. Desde Santiago y Vigo se miraba con recelo a esas iniciativas: se temía la contaminación, la pérdida del paisaje y, sobre todo, la llegada de capital y tecnología “de fuera”.
Ese sentimiento fue el caldo de cultivo ideal para una narrativa de desconfianza, donde el progreso rural se interpretó como amenaza al entorno natural.

El origen del mito: cuando el ecologismo se convirtió en relato (1974–1976)
Los primeros textos que vincularon el desarrollo industrial con la contaminación en Galicia aparecieron a mediados de los años 70, en plena transición política. Obras como A contaminación en Galicia (I) y Contaminación industrial e desenvolvemento (1975) marcaron un antes y un después: por primera vez, se debatía públicamente sobre la industria forestal, la celulosa y el modelo económico gallego. Pero aquel debate no se cerró con ciencia, sino con ideología. Galicia 50 años de mitos sobre el eucalipto Cuando el relato sustituyó a la ciencia
En los encuentros de Pontevedra y Ourense (1974), recogidos en ese último libro, participaron economistas como Xosé Manuel Beiras, técnicos de ENCE y expertos internacionales. Se habló de emisiones, empleo, rentas forestales y equilibrio ambiental. Sin embargo, lo que sobrevivió al tiempo no fueron los datos, sino el relato: el miedo a la industrialización.
Desde entonces, la contaminación se convirtió en un símbolo, y la fábrica, en enemigo. El discurso ambiental nacía más como una reacción política que como una evaluación técnica. De ahí surgiría una visión deformada del eucalipto, al que se atribuyó todo tipo de males sin respaldo científico.
Cinco décadas después, seguimos pagando el precio de aquel giro narrativo: mientras países como Suecia ,Portugal, Brasil o Finlandia han combinado celulosa y sostenibilidad, en Galicia seguimos discutiendo si tener industria es compatible con tener monte.
La historia demuestra que lo fue entonces y lo sigue siendo hoy. Lo que cambió no fueron los árboles, sino el relato.
El primer episodio de manipulación mediática surgió con fuerza en 1974. Ese año, el escritor y naturalista José María Castroviejo publicó en ABC un artículo titulado “La Ría de Arosa”, en el que acusaba a ENCE de haber convertido la ría pontevedresa en un “vertedero pestilente”. El texto, carente de datos técnicos, mezclaba denuncia ambiental con tono moralista y alcanzó gran difusión en la prensa gallega.
Poco después, el periodista Xosé Fernández Ferreiro, de La Voz de Galicia, publicó una serie de reportajes en el mismo sentido. Aseguraba que la fábrica de Lourizán “provocaba la caída del pelo a los vecinos” y que apenas trabajaban gallegos en ella. No existía evidencia alguna, pero las imágenes de chimeneas y ría humeante bastaron para fijar la idea de una industria sucia y foránea. Galicia 50 años de mitos sobre el eucalipto Cuando el relato sustituyó a la ciencia

Año 1976
Entre 1975 y 1976, la polémica se expandió a todo el territorio gallego. Los alcaldes de Coristanco, Cabana, Laracha, Camariñas y Malpica firmaron comunicados públicos contra el proyecto de celulosa de Ponteceso, y enviaron cartas al gobernador civil denunciando sus “graves riesgos ecológicos”.
Paralelamente, las asociaciones O Facho, Albe-Galicia y la Sociedade Galega de Historia Natural (SGHN) organizaron actos y manifiestos pidiendo el cierre de la planta de Pontevedra y denunciando las repoblaciones de eucalipto promovidas por el ICONA.
Según relata Alonso Boo (2012), esas campañas fueron una mezcla de activismo espontáneo, oposición política y manipulación informativa. En la práctica, el eucalipto comenzó a convertirse en el chivo expiatorio de todos los males: la contaminación de las rías, la pérdida del paisaje, la deforestación o incluso el paro rural.
El periodista José Martínez Couselo, en su libro Las Celulosas (1976), acusó directamente a determinados sectores de haber orquestado “una campaña pagada para hundir el proyecto industrial”. Según sus datos, se destinaron hasta cien millones de pesetas a viajes, comidas y reportajes “para crear alarma social”. Couselo —que conocía de cerca la polémica— describía el ambiente de la época como una “guerra psicológica contra la modernización de Galicia”.
Al mismo tiempo, se publicaban estudios sociológicos desde la Universidad de Santiago, impulsados por Xosé Manuel Beiras Torrado (símbolo de un modelo de desarrollo «colonial» impuesto a Galicia), que intentaban demostrar un supuesto rechazo popular a las celulosas. Alonso Boo documenta que muchas de esas encuestas carecían de base científica, pero fueron difundidas como verdades incuestionables. Galicia 50 años de mitos sobre el eucalipto Cuando el relato sustituyó a la ciencia
En pocos años, el debate sobre las fábricas de papel se convirtió en un conflicto moral. Lo que empezó como una discusión técnica sobre vertidos y empleo se transformó en una batalla simbólica entre dos visiones del país:
– una Galicia rural e industrial, que quería producir y exportar;
– y una Galicia urbana e intelectual, que empezaba a ver la naturaleza como un patrimonio intocable.
De esa confrontación nació la mala prensa del eucalipto, antes incluso de que el árbol tuviera un papel relevante en la economía gallega.

Los años 80, incendios.
Con la transición llegó el auge del ecologismo en España. Organizaciones recién nacidas, inspiradas en los movimientos verdes europeos, encontraron en el eucalipto un enemigo fácil.
Era un símbolo perfecto, una especie exótica, ligada a una industria estatal (ENCE) y visible en el paisaje.
Los años 80 coincidieron además con olas de incendios forestales devastadores. Los medios comenzaron a asociar, sin evidencia científica, la presencia del eucalipto con la propagación del fuego.
Díaz-Fierros recuerda que esta relación era “tan intuitiva como falsa”: lo que ardía en Galicia no eran los eucaliptos, sino el matorral y el abandono rural. Pero la simplificación mediática fue inmediata: “arde Galicia porque está llena de eucaliptos”.

Los 90: ecologismo, nacimiento del mito mediático
En esta época se consolida el discurso de la “especie invasora”, pese a que el eucalipto nunca mostró un comportamiento invasivo real en Galicia. Su regeneración espontánea es escasa y controlable, y solo prospera donde el suelo ha sido alterado.
Sin embargo, la etiqueta de “plaga australiana” comenzó a repetirse en titulares, informes y conversaciones públicas. El mito se alimentó de tres factores principales:
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Desconexión rural-urbana: el mundo urbano ya no comprendía la función productiva del monte.
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Mala comunicación institucional: la administración forestal no supo explicar el valor económico y ecológico de la especie.
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Necesidad mediática de un culpable: los incendios y la pérdida de biodiversidad exigían una causa visible, y el eucalipto encajaba en el papel.
Alonso Boo señala que, en esos años, se publicó más opinión que ciencia. Las páginas de La Voz de Galicia o Faro de Vigo comenzaron a difundir, de forma reiterada, artículos de tono apocalíptico sobre los supuestos efectos del eucalipto en el agua o el suelo.
Pocos lectores sabían que, al mismo tiempo, los estudios del Centro de Lourizán demostraban que un eucaliptal bien gestionado tenía impactos similares a un pinar en hidrología y fertilidad del suelo. Pero la prensa rara vez citaba esas conclusiones.
El discurso ecologista, más emocional que técnico, ganó terreno. Y lo hizo en paralelo a una crisis más profunda: el abandono del medio rural gallego, que seguía perdiendo población y rentabilidad agraria.
El eucalipto, en lugar de verse como una herramienta de gestión y empleo, se convirtió en el chivo expiatorio de un problema social mucho más amplio.
Intelectuales y cultura: de la crítica a la ideología
A finales de los setenta y durante los ochenta, numerosos intelectuales y artistas se sumaron a la corriente contraria al modelo forestal.
Figuras como :
Isaac Díaz Pardo ( Ese árbol es un «Despojo» del patrimonio gallego)
Manuel María («El poeta utiliza el eucalipto para simbolizar la monotonía, la alienación y el silencio»)
Méndez Ferrín («Arraianos», El eucalipto aparece como parte de una atmósfera de degradación y desnaturalización de la tierra gallega)
Avilés de Taramancos ( «Obra Viva», » ….das carballeiras silúricas onde zunía-lo teu corno de ouro»)
Manuel Rivas ( «O réxime totalitario do eucalipto»,…..“régimen totalitario” como metáfora para describir la expansión del eucalipto en Galicia, al que considera una “dictadura vegetal” impuesta sobre el paisaje)
Chano Piñeiro («O que arde», que aborda directamente el tema del eucalipto y los incendios)
Antón Reixa («Arde Galicia», El eucalipto es, en este contexto, un símbolo de la modernidad fallida que destruye lo auténtico)
Rodrigo Romaní («Contra la eucaliptización y la destrucción ecológica a través de la revalorización de lo autóctono)
María Victoria Fernández España («Haber permitido –decía– que los particulares repoblaran con eucaliptos tierras agrícolas constituye un evidente error»)
Ernesto Viéitez Cortizo («La falta de una política forestal de recuperación de especies nobles puede hacer que desaparezcan en solo diez años. Dixit en 1982″)
Francisco Bermejo Martínez (» Si se hace la repoblación del eucalipto, Galicia desaparecerá en ciento cincuenta años como esquina verde». Han pasado 50)
David Ferrer Garrido («alguien va a ser responsable de esta degradación colectiva, de este desmedido afán de crecimiento y de lucro, devorando bosques, envenenando ríos, haciendo el aire irrespirable y colocando en grave peligro a generaciones futuras»)
Enrique Santamarina (» Biólogo, descubrió que en Navía ya no se podía respirar” y que “los efectos tóxicos se acusaban aún a 25 kilómetros de la fábrica»)
Carlos Vales («ADEGA, libro Celulosas e progreso, contra el cultivo masivo de eucaliptos que se pretende imponer en nuestra tierra, de la mano del capital extranjero»)
Estos autores usaron su prestigio cultural para denunciar lo que consideraban “la invasión del eucalipto”.
Sus artículos, poemas y manifiestos se publicaban con frecuencia en A Nosa Terra, Grial, La Voz de Galicia o El Ideal Gallego, y fueron configurando un discurso ambientalista de corte literario, donde el eucalipto era símbolo del capitalismo depredador y la pérdida de identidad gallega.
En 1990, muchos de ellos firmaron el “Manifiesto por el aprovechamiento racional de nuestro monte”, un texto que se oponía a las “nuevas celulosas” y denunciaba la “masificación del eucalipto”.
Aunque el manifiesto no aportaba datos técnicos, tuvo enorme repercusión mediática. Se convirtió en referencia moral para el ecologismo gallego y fijó en la conciencia colectiva la idea de que el eucalipto era, por definición, un problema.
A finales de los ochenta, la activista Leonor González, presidenta de la Asociación pola Defensa da Ría, y el académico Laxe Freire intensificaron la campaña, alertando sobre una supuesta “colonización del eucalipto” que destruiría 25.000 empleos forestales.
Las previsiones jamás se cumplieron, pero el impacto social fue enorme. Los medios replicaban titulares alarmantes sin contrastar las fuentes, y cada incendio forestal servía para reforzar el mensaje de que “el eucalipto arde como la gasolina”.
Así, los años ochenta cerraron con un relato consolidado:
– el eucalipto como enemigo del bosque autóctono,
– las celulosas como amenaza ambiental,
– y la industria forestal como símbolo del mal moderno.
Una narrativa simple, emocional y eficaz.

La ciencia frente al mito
Mientras la prensa alimentaba el miedo, la comunidad científica trataba de aportar contexto.
El Centro de Investigaciones Forestales de Lourizán y el Departamento de Edafología de la Universidad de Santiago realizaron decenas de estudios comparativos entre eucaliptales, pinares y robledales.
Las conclusiones eran claras: el eucalipto no empobrece el suelo más que otras especies, consume una cantidad de agua similar al pino y su regeneración natural es muy limitada en Galicia.
El profesor Francisco Díaz-Fierros, en su libro Eucaliptos en España: razones y pasiones (2022), lo resume así:
“No hay especies buenas ni malas, sino buenas o malas gestiones. El problema del eucalipto no es su fisiología, sino la desinformación que lo rodea.”
Sin embargo, esas evidencias científicas nunca lograron neutralizar el discurso mediático. Las páginas de opinión pesaban más que los artículos técnicos, y las fotografías de chimeneas humeantes tenían más poder que los gráficos de laboratorio.
A lo largo de los noventa, la brecha entre ciencia y opinión pública se hizo casi irreparable.
Del papel al clic: la era digital y la viralización del prejuicio
Con la llegada de Internet y las redes sociales en los 2000, el mito encontró un nuevo amplificador.
Los viejos argumentos se reciclaron en foros, blogs y cadenas de WhatsApp, ahora con un formato más visual y emocional.
Cada incendio, cada imagen de un monte quemado o de un camión de madera, se convertía en prueba de que “el eucalipto destruye Galicia”.
Las redes sociales premiaban el contenido rápido, indignado y compartible.
Mientras los ingenieros forestales seguían debatiendo sobre silvicultura, el algoritmo viralizaba titulares como “Galicia arde por culpa del eucalipto” o “El árbol australiano que mata el bosque gallego”.
Así, la desinformación ambiental adquirió una dimensión emocional y colectiva, más difícil de desmontar que cualquier error técnico.
El efecto fue perverso: cuanto más se atacaba al eucalipto, más se plantaba.
Los propietarios rurales, necesitados de rentabilidad, siguieron apostando por la especie más demandada por la industria. Y las políticas públicas, en lugar de acompañar con formación y ordenación, respondieron con moratorias y mensajes ambiguos, profundizando el desencuentro entre el campo y la ciudad.

El eucalipto y el Comité Científico: entre el laboratorio y el monte real
En 2017, el Comité Científico del Ministerio de Agricultura (dictamen CC-30/2017) recomendó incluir todas las especies de Eucalyptus en el Catálogo Español de Especies Exóticas Invasoras. Lo justificaba con argumentos que, a día de hoy, siguen repitiéndose: impacto en el agua, pérdida de biodiversidad, acidificación del suelo y aumento del riesgo de incendios. Sin embargo, el propio informe se basaba en observaciones de laboratorio y en ejemplos fuera de contexto, ignorando la realidad productiva y social del monte gallego.
Como señala el investigador José Miguel Alonso Boo en su trabajo sobre la “mala prensa del eucalipto”, aquel dictamen no distingue entre plantación gestionada y espacio abandonado. Se evalúa al eucalipto como si creciera libre e incontrolado, cuando en Galicia forma parte de un sistema forestal regulado, con propietarios, cortas programadas y certificaciones ambientales. No hay un solo estudio que demuestre una invasión real y sostenida del eucalipto sobre masas autóctonas en territorio gallego.
1. Un dictamen técnico, pero ideológico
El informe del Comité califica al eucalipto como “transformador del medio”, pero no considera que toda actividad humana transforma el entorno. Selecciona impactos teóricos y no evalúa beneficios medibles: fijación de carbono, control de erosión o recuperación de suelos degradados. Además, se apoya en autores que llevan dos décadas defendiendo una posición de rechazo absoluto, sin contrastar con la evidencia generada por universidades gallegas o centros como Lourizán.
2. Galicia no es Portugal ni Canarias
Los ejemplos de supuesta “colonización espontánea” proceden de zonas mediterráneas y archipiélagos. En Galicia, tras más de 150 años de cultivo, el eucalipto no ha desplazado ni al roble ni al pino fuera de las áreas plantadas. El clima atlántico, la humedad constante y la estructura minifundista impiden cualquier proceso de invasión a gran escala. Confundir una plántula aislada con una invasión es, como dice Alonso Boo, “hacer ciencia desde el prejuicio”.
3. Biodiversidad y gestión
Los supuestos impactos sobre la biodiversidad desaparecen cuando las plantaciones se gestionan correctamente. Masas mixtas, rotaciones de 10-12 años y certificaciones FSC o PEFC mantienen el equilibrio ecológico sin renunciar a la productividad. La reducción de fauna o flora solo aparece en eucaliptales abandonados, lo mismo que en pinares sin manejo. El problema no es el árbol, sino la falta de gestión.
4. Riesgo de incendios: mito persistente
El Comité sostiene que el eucalipto incrementa el riesgo de fuego por su contenido en aceites volátiles. Sin embargo, los datos oficiales del Plan de Defensa contra Incendios Forestales de Galicia (Pladiga) demuestran que las zonas con mayor concentración de eucalipto —Ferrol, Ortegal, A Mariña Lucense— son las que menos incendios registran. Donde arde el monte es donde no hay gestión ni rentabilidad.
5. Suelo, agua y productividad
Las críticas sobre acidificación y consumo de agua vuelven a repetirse sin pruebas sólidas. Estudios de la Universidade de Santiago de Compostela y del Centro de Lourizán muestran que el eucalipto tiene una eficiencia hídrica superior a otras especies de rápido crecimiento y que no modifica de forma significativa el pH del suelo. Al contrario, mejora la cobertura en terrenos degradados y ayuda a retener carbono orgánico estable.
6. Ciencia aplicada frente a ideología ambiental
El dictamen CC-30/2017 es un documento académico redactado sin presencia de gestores, propietarios ni técnicos forestales gallegos. Su lectura encaja más en un marco de desconfianza ideológica hacia la producción forestal que en una evaluación científica completa. Como recuerda Alonso Boo, el debate sobre el eucalipto en Galicia “no es ecológico, es cultural”: una pugna entre la visión urbana idealizada del bosque y la realidad del monte que vive de él.
Conclusión: entre el papel y la tierra
El eucalipto representa aproximadamente el 35% del suelo forestal gallego. No domina el paisaje, pero sí sostiene una parte esencial del tejido rural e industrial. Frente a los informes que lo demonizan desde el laboratorio, la evidencia sobre el terreno es clara: el eucalipto gestionado de forma sostenible no es el problema, sino parte de la solución. Lo que de verdad amenaza al monte gallego no son las especies, sino el abandono y la falta de rentabilidad.

Los mecanismos de la manipulación ambiental
La historia del eucalipto en Galicia permite identificar varios mecanismos recurrentes de manipulación social:
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Simplificación mediática: los problemas complejos (incendios, ordenación territorial, abandono rural) se reducen a un solo culpable visible: el eucalipto.
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Prejuicio urbano: el discurso ambiental dominante nace en las ciudades, desconectado de la gestión forestal real.
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Silenciamiento técnico: los expertos en montes y suelos tienen poca presencia mediática; el activismo emocional ocupa su espacio.
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Instrumentalización política: el eucalipto se convierte en símbolo ideológico, útil para marcar posición más que para resolver problemas.
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Viralización emocional: en redes, los mensajes con carga sentimental superan a los razonados; el miedo y la indignación sustituyen al debate.
Estos patrones no solo afectan al eucalipto. También se repiten en temas como los parques eólicos, la gestión del lobo, los embalses o los proyectos de bioindustria.
La manipulación ambiental es un fenómeno estructural que prospera cuando el conocimiento técnico pierde visibilidad y la política prefiere los eslóganes a los datos.

Reflexión final: el coste del mito
Cincuenta años después, Galicia sigue atrapada entre el mito y la realidad.
La especie que ayudó a reconstruir el monte gallego tras la posguerra, que dio trabajo a miles de familias y abastece a una industria forestal líder en Europa, sigue siendo tratada como un enemigo.
Pero la ciencia ha sido clara: el eucalipto no destruye el monte; el abandono sí.
Lo que de verdad amenaza la biodiversidad no es la especie, sino la falta de gestión, la parcelación y la pérdida de valor económico del territorio.
La demonización del eucalipto —como la de otras actividades rurales— ha servido, en realidad, para debilitar al mundo rural y reforzar la desconexión entre quienes viven del monte y quienes opinan sobre él.
La manipulación ambiental en Galicia ha tenido muchas caras: artículos moralistas, activismo ideologizado, desinformación viral y política oportunista.
Pero el resultado siempre es el mismo: un debate pobre, polarizado y alejado de la realidad productiva del territorio.
Hoy, cuando el mundo demanda materiales sostenibles, biomasa renovable y gestión forestal activa, Galicia tiene una oportunidad histórica para reconciliar ciencia y sociedad.
Eso pasa por recuperar la confianza en los datos, dar voz a los técnicos y propietarios, y dejar atrás medio siglo de mitos.
Porque, al final, lo que no se gestiona, se abandona.
Y un monte abandonado —sea de robles o de eucaliptos— ni conserva, ni protege, ni da futuro.
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José Miguel Alonso Boo, “La mala prensa del eucalipto”. Tesis Doctoral Universidad de Vigo, Sobresaliente Cum Laude. Director Enrique Valero Gutiérrez del Olmo
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Cadena monte-industria y política forestal gallega: Ley de Montes de Galicia (texto consolidado).
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Industrialización forestal y encaje territorial: A. Miramontes (USC).


















6 respuestas
«La mala prensa del eucalipto» no es un estudio sin más. Es una tesis doctoral que alcanzó la calificación de do recaliente cum laude por unanimidad. Es el fruto de diez años de trabajo de investigación.
José Miguel Alonso Boó
Gracias, José Miguel. Conozco su trabajo ( o parte ) y lo valoro muchísimo. Lo incluyo entre textos de base y le cito como referencia académica principal en todo el post, porque su aportación es fundamental para comprender las dinámicas que se generaron entonces y que, en parte, aún continúan. Enhorabuena por un trabajo serio, valiente y necesario. Quedamos a su entera disposición y muchas gracias por comentar.
El artículo esta bien fundamentado. Es la pura realidad. Falta analizar cuales fueron los intereses que primaron para hacer tanto daño a la economía y al medio ambiente en el medio rural, con el torcitero relato y la influencia política y social que destruye la política forrstal en Galicia.
Muchas gracias por comentar Daniel.
Tiene toda la razón. Si uno lee el trabajo de José Miguel Alonso Boo, se ve con claridad que los intereses que primaron no fueron ambientales, sino ideológicos y de poder.
La oposición a las celulosas y al eucalipto nació en los círculos urbanos e intelectuales, no en el rural, y se alimentó de una visión romántica del territorio que veía en la industria una amenaza cultural.
Los medios amplificaron ese mensaje, otorgando prestigio al “intelectual ecológico” frente al ingeniero o al habitante de la aldea, que según los de la «cultura», que no sabía lo que le convenía.
El rechazo a la industria de la celulosa (Ponteceso, Dodro, etc.) y al eucalipto nació en los círculos urbanos e intelectuales, no en el rural.
La oposición fue impulsada por sectores del nacionalismo cultural gallego —entonces en ascenso— que veían la industrialización forestal como una amenaza a la identidad “auténtica” gallega y al mito del rural tradicional.
El “enemigo” no era el eucalipto en sí, sino el modelo de desarrollo ligado al Estado y a las grandes empresas, interpretado como una «colonización económica»
Al final, si se destruyó una industria forestal que pretendía modernizar parte de monte gallego.
Y en esas estamos.
Saludos cordiales.
Creo que todo se debe a una visión por parte de las élites de las ciudades; en las cuales se ve al rural como atrasado y paleto.
Totalmente de acuerdo. Esa mirada desde arriba hacia el rural —como si fuese una tierra de ignorantes— no es nueva. Lleva décadas cocinándose desde ciertos círculos académicos y culturales que viven de hablar del campo, pero no del campo. Gente que jamás podó una finca ni recogió una cosecha, pero que dictaminan qué árboles deben crecer, qué paisaje es válido y qué cultura merece ser preservada.
Y sí, en el fondo hay algo de envidia. Envidia de quien aún tiene tierra, herramientas y saber hacer. Envidia de quien puede vivir sin pedir permiso, cultivar sin depender y arreglarse sin intermediarios. Eso incomoda. Porque la autosuficiencia real molesta más que mil discursos sobre la sostenibilidad. Por eso nos llaman atrasados, para no tener que reconocer que, en muchas cosas, vamos por delante.
Gracias por comentar